Por qué ayunamos durante la cuaresma

Por el Padre Carmelo Mele, OP

2/21/2014

Fr.-Carmelo---Ash-Wed-'13-Pic-WEB.jpg

Raymond Medina recibe cenizas en la frente durante la misa de mediodía para el Miércoles de Ceniza de 2013 en la Parroquia de Santa María de la Asunción en Fort Worth. (Foto por Donna Ryckaert / North Texas Catholic)

Una vez un muchacho le contó a su novia que haría cualquier cosa por ella. Dijo que treparía una montaña si se lo pidiera o nadaría por el océano para demostrar su amor. La novia respondió que tales hechos no eran necesarios. Sólo quería que le acompañara a la biblioteca el viernes en la noche porque tenía un examen muy importante. El muchacho le contestó que lo haría pero que él ya había hecho planes para ese día.

Ciertamente se muestra el amor al sacrificar el cumplimiento de sus deseos por el bien del otro. Por eso, nos impresionan las madres que abandonan el sueño para vigilar a sus hijos internados toda la noche. Particularmente durante la Cuaresma estamos llamados a mostrar nuestro amor por Dios sacrificando la satisfacción de nuestros antojos con el ayuno. Oficialmente la Iglesia prescribe dos formas de ayuno: la abstención de la carne de los animales de la tierra y de las aves el Miércoles de Ceniza y todos los siete viernes cuaresmales; y el ayuno propiamente dicho no comer fuera de las tres comidas principales el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Sin embargo, ha sido práctica de los santos a través de los siglos privarse de comidas y recreos más intensamente en este tiempo sagrado.

Se pueden hacer sacrificios de diez mil maneras, aunque siempre deben costar placeres. Durante la Edad Media los cristianos regularmente dejaban de comer carne por los cuarenta días enteros. Hace 50 años todos los adultos eran obligados a ayunar todos los días de la Cuaresma. Más recientemente algunos han dejado de comer dulces o tomar café. Percibiéndose adictos a la televisión, varios apagan el aparato en este intervalo.

Existen críticos del ayuno. Cittando el versículo del profeta Isaías, donde el Señor mismo dice que el ayuno que quiere es traer justicia pora los pobres, algunos afirman que es más beneficioso ayudar al necesitado que negarse a sí mismo. Otros preguntan cínicamente: “¿No es el ayuno que practicamos para sacrificarse por amor a Dios sólo un pretexto y el motivo verdadero es la búsqueda vana de bajar peso?” Estos reparos nos ayudan a purificar las intenciones.

En primer lugar, hacemos sacrificios para solidarizarnos con el Jesús sufriente. Él no sólo pasó cuarenta días sin comer en su lucha contra el diablo, sino que se entregó a la ordalía de la crucifixión para ganar para nosotros la victoria sobre el pecado. Hay un hombre en la diócesis se que afeitó la cabeza cuando su esposa, enferma de cáncer, recibía la quimioterapia. Su motivo era compartir con ella al menos una pequeña parte del sufrimiento que ella soportaba. Así nosotros sufrimos un poco del hambre que Jesús aguantó por nuestra salvación.

En segundo lugar, debemos reconocer el vínculo entre el ayuno y los otros tipos de piedad humana que complacen a Dios. Nuestro ayuno se haría una afrenta a Dios si no estuviera  acompañado por buenas obras y oración. Eso sólo mostraría a nuestro Creador y Sustentador nuestro poco agradecimiento. La Biblia no sólo exige el socorro a los pobres, sino también la oración junto con el ayuno, para mostrar nuestra fe y amor a Dios.

En tercer lugar, tenemos que seguir revisando nuestros motivos. En el evangelio del Miércoles de Ceniza, Jesús advierte a sus discípulos que sus acciones piadosas no deben culminar en elogios de la gente. Por eso, no queremos hablar de nuestro ayuno o llamar atención de nuestros donativos a las organizaciones caritativas. Pero, ¿es pecaminoso desear bajar el de peso durante el ayuno cuaresmal? No lo creo. Pues ser delgado nos permite vivir más sanamente, más entregados al Señor. La oración por la sabiduría en todos nuestros actos nos ayudará a superar la vanidad.

En el primer prefacio cuaresmal (el himno de alabanza a Dios comenzando la oración eucarística), el sacerdote curiosamente recita a la gente: “Por (Jesús) concedes a tus hijos anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua”. Nuestro sacrificio entonces no debe ser causa de tristeza sino de alegría, pues estamos superando con la gracia de Cristo los impedimentos que nos separan de Dios: el apego a cosas materiales, el distanciamiento de los pobres y necesitados, y la falta de la comunicación directa con Dios.

Fr.-Carmen-Headshot-BUTTON.jpgUna vez un muchacho le contó a su novia que haría cualquier cosa por ella. Dijo que treparía una montaña si se lo pidiera o nadaría por el océano para demostrar su amor. La novia respondió que tales hechos no eran necesarios. Sólo quería que le acompañara a la biblioteca el viernes en la noche porque tenía un examen muy importante. El muchacho le contestó que lo haría pero que él ya había hecho planes para ese día.

Published
Back