El Tiempo Ordinario no es simplemente ‘ordinario’

Por Padre Carmelo Mele, OP

North Texas Catholic

6/16/2014

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Un sacerdote oye una confesión en la Parroquia Cristo Rey en Irondequoit, New York, en 2013. (Foto por Mike Crupi / Catholic Courier, CNS)

El tiempo ordinario en el vocabulario de la Iglesia no se refiere a lo que pensamos. No es simplemente el tiempo común que pasa antes de que volvamos a celebrar el nacimiento del Señor y, entonces, sus grandes actos de salvación. No, el tiempo ordinario, que estamos comenzando de nuevo estos días, en un sentido no es ordinario para nada. Más bien, es el tiempo que tenemos para encontrar a Jesús.

En el caso del tiempo litúrgico la palabra ordinario proviene del latín y tiene que ver con el orden cronológico. Contamos los domingos primero entre el tiempo Navideño y la Cuaresma, entonces entre Pentecostés y el Adviento con números ordinales, eso es: primero, segundo, tercero, etcétera. En esta perspectiva cada domingo (realmente cada día) es una oportunidad particular para conocer a Jesús íntimamente. En otras palabras, este tiempo es marcado para nuestra salvación.

Hace 25 años se publicó en inglés una novela con el título Tiempo ordinario. Cuenta de un pueblo del oeste de Texas donde aparentemente no pasa nada de importancia. Dice que la gente de este pueblo ocupa su tiempo “viendo los aspersores girando”. Entre los habitantes es el cura de la iglesia católica cuyos ojos le faltan: una imagen de la fe debilitándose (sí, aun los más comprometidos a Dios pueden cuestionar su fe). La trama de la novela se desenvuelve con una experiencia que cambia al pueblo fortaleciendo la fe del sacerdote. Es lo que nosotros esperamos en el tiempo ordinario este año.

¿Qué tipo de experiencia tengo en cuenta? Puede ser el conocimiento de un pobre o un sufrido que nos asegure de la presencia de Jesús. Recientemente una enfermera visitaba casi diariamente a un sacerdote moribundo en un asilo. Las visitas comenzaron como tarea de su trabajo, pero en tiempo se convirtieron en obra de amor. Indudablemente la enfermera quedó aún más comprometida con el Señor por dejar a su amigo pasarse a Él. Como se ha dicho, cuando el ministro visita al enfermo, “es Jesús yendo a Jesús”.

Se conoce a Jesús también en la lectura de la Biblia porque Él es la Palabra de Dios en su plenitud. El gran humanitario Mohandas Gandhi una vez escribió cómo tuvo un aprecio de Jesús completamente diferente de lo que había tenido una vez que leyó el Sermón del Monte. Al criarse entre los gobernantes y militares ingleses en la India, Gandhi pensaba que la actitud imponente de esos cristianos caracterizó aquel de Cristo. Entonces leyó las palabras de Jesús proclamando el amor del enemigo y reconoció un espíritu simpático. Sólo un bárbaro podría leer el evangelio sin admiración. La experiencia le deja al lector de buena voluntad con el sentido que, sí, Jesús realmente lo acompaña como él mismo atestigua en el relato (vea Mateo 18,20; 28,20).

Finalmente (para ahora), encontramos a Jesús en los sacramentos. Esto es ciertamente el caso en la Eucaristía donde escuchamos sus palabras en el evangelio y tomamos su cuerpo y sangre en la Comunión. Sin embargo, también es verdad en los seis otros sacramentos. Un autor describe el “…te absuelvo” del Sacramento de la Reconciliación como las palabras más gloriosas jamás dichas. Dice que cuando estamos profundamente honestos con nosotros mismos, recordamos cómo en momentos determinados hemos mentido, engañado y evitado la responsabilidad por una maldad. No obstante, podemos salir del confesionario sintiendo librados del peso del pecado no porque el confesor es un hombre sino que a través de él sabemos que Jesús nos ha escuchado la confesión.

Sería una lástima si consideramos el tiempo ordinario en primer lugar para hacer las vacaciones del verano y entonces para prepararnos para los días festivos del fin del año. No, el tiempo ordinario nos promete muchísimo más si lo atendemos con un corazón atentos al Señor Jesús. Lo encontraremos durante este período o, mejor dicho, Él nos encontrará a nosotros.

El tiempo ordinario en el vocabulario de la Iglesia no se refiere a lo que pensamos. No es simplemente el tiempo común que pasa antes de que volvamos a celebrar el nacimiento del Señor y, entonces, sus grandes actos de salvación. No, el tiempo ordinario, que estamos comenzando de nuevo estos días, en un sentido no es ordinario para nada. Más bien, es el tiempo que tenemos para encontrar a Jesús.

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