Encontrar a DIOS en el camino vocacional

El Diácono Matías Lagunas posa frente a una imagen de María en la Parroquia de St. John the Apostle en North Richland Hills. (NTC/Kevin Bartram)
“La vocación es un don precioso que Dios siembra en el corazón, una llamada a salir de nosotros mismos para emprender un camino de amor y servicio.” - Papa Francisco, Peregrinos de la esperanza: el don de la vida
Matías Lagunas miraba de niño a su párroco y se maravillaba de cómo “ese hombre debía estar muy cerca de Dios. Ojalá, algún día, pudiera ser yo”.
Reflexiona hoy día sobre su infancia en su ciudad natal de Guerrero, México, en que vivió una rica tradición católica. Asistió a una escuela católica muy similar a la que ahora sirve como diácono en la Parroquia de St. John the Apostle y su colegio católico en North Richland Hills, donde los alumnos rezan antes de sus clases y esperan con ilusión la Misa.
“Estaba muy familiarizado con Dios”, recuerda el Diácono Lagunas.
Dejó su ciudad natal a los 14 años y cruzó la frontera como un mojado durante una ola de calor de agosto para reunirse con sus padres, quienes ya se habían ido a los Estados Unidos para comenzar una nueva vida en Chicago. Una vez allí, se dedicó a buscar trabajo y a aprender el nuevo idioma y la cultura, que a menudo, confligía con su fe.
“Cuando llegamos aquí a los Estados Unidos, es como si dejáramos a Dios de lado. Lo ponemos en pausa y, lamentablemente, tomamos otro camino”, expresó el Diácono Lagunas. Su madre, que siempre había rezado el Rosario con su familia, estaba muy ocupada con el trabajo, lo que le impedía también al joven Lagunas asistir a Misa la mayoría de los domingos.
Con el paso del tiempo, se hacía cada vez más difícil escuchar el llamado con claridad.
“A veces me digo que, si un sacerdote se me hubiera acercado de niño para hablarme de mi vocación, tal vez habría sido sacerdote”, dijo el diácono. “No lo sabemos, ¿verdad?”.
Aun así, Dios permanece presente, sin importar el camino, señaló el Diácono Lagunas. A los 18 años, conoció y se casó con su esposa, María, y el pasado octubre celebraron 42 años de casados.
“Tomé un camino diferente antes de encontrarme con Dios de nuevo”, aseveró. “Y estoy eternamente agradecido por eso. Nunca me cansaré de darle gracias”.
El diácono y su esposa María aprecian actualmente su iglesia doméstica como padres de dos hijos y abuelos de cuatro nietos. “Ahora sentimos que nuestra vida está completa porque tenemos a Dios y tenemos todo por lo que luchamos: nuestra familia”, dijo el Diácono Lagunas. “Ahora los nietos nos dan vida; nos rejuvenecen con sólo escucharlos”.
El don del matrimonio
El Diácono Lagunas tiene amplia experiencia trabajando con parejas que buscan recibir el sacramento del Matrimonio en la Parroquia de North Richland Hills.
Cuando entrevista a la pareja por primera vez, comienza siempre con la misma pregunta: “¿Por qué se casan?”.
Para el diácono, que tiene 16 años de experiencia, sólo hay una respuesta correcta: “Porque amas a esta mujer. Porque amas a este hombre. Si llevan 20 años juntos, digan: ‘La amo. La amo más que hace 20 años’”.
Señala que las parejas que permanecen unidas ante la adversidad son verdaderos ejemplos del sacramento del Matrimonio. “Cristo nunca dijo que sería fácil”, el Diácono Lagunas apuntó.
La fortaleza del matrimonio del diácono ha moldeado profundamente su vida y su vocación. Su esposa María siempre ha estado “dispuesta a seguirme”. Ayudó a la familia a superar las dificultades y apoyó sus decisiones al emprender una audaz mudanza de Chicago a Texas en el 1997; y a establecer una nueva vida en una zona más segura con mejores escuelas para sus hijos.
Más tarde, mientras luchaba con muchas dudas durante su discernimiento para el diaconado, María continuó apoyándolo.
“Durante tres años, me acompañó a todas las clases de Luz de Cristo”, explicó. El programa, que se celebraba todos los martes y jueves por la noche, y que le recomendó un diácono de su entonces Parroquia de St. Matthew de Arlington, ayudó a formar a muchos hombres en la fe y a sentar las bases para futuros diáconos.
Después de una de las reuniones, Lagunas llenó una solicitud para unirse al programa de formación al diaconado diocesano, pero creía que no le iban a responder. Sin embargo, al cabo de un mes, recibió una tarjeta por correo.
“Todavía me da risa porque recuerdo haber recibido la tarjeta y haber dicho: ‘No quiero hacer esto’”, recordó el Diácono Lagunas. “Y cuando se lo conté a mi amigo diácono, recuerdo que su esposa me preguntó: ‘¿Entonces le vas a decir que no a Dios? Es a Él a quien le estás diciendo que no’”.
Habló entonces sobre sus inquietudes con la oficina de formación diaconal y, con la guía de ellos, junto con el tiempo, la oración y el ánimo de su esposa, redescubrió la llamada que una vez había rechazado, que estaba aún presente, pero silenciada por las dudas y la negación.
“Tuve muchas experiencias así durante mi formación porque no quería ver lo que alguien más quería”, compartió el Diácono Lagunas. “Dios quería que yo continuara, pero yo no lo quería”.
Antes de su ordenación celebrada el 26 de septiembre de 2009 recibió la confirmación final de que el diaconado era la verdadera voluntad de Dios para él. Durante años, mientras se sentía atormentado por preguntas como “¿Por qué me quieren? ¿Qué puedo ofrecer? ¿En qué me considero digno?”, su esposa las había estado respondiendo constantemente. Ella incluso firmó una carta diocesana autorizando a su esposo a continuar con la formación.
“Veo que tienes las cualidades necesarias y creo que eres una buena persona que puede ser un buen diácono”, le decía María con firmeza. “Cuando me entrevistaron en la oficina, les dije con total sinceridad lo que veo y lo que siento”.
La afirmación de su esposa le ayudó al diácono a comprender finalmente el llamado de Dios.
“No sabía que Dios hablaba de otras maneras. No me lo imaginaba”, admitió el Diácono Lagunas.
“Solía decir: ‘Espero algún día poder estar cerca de Dios’, ¿verdad? Así que todo era parte de mi vocación. Siempre digo que así fue como Dios me llamó y aquí estoy”.