Hermanas y maestras de la fe

Las hermanas Silvia Gómez, María Laura Martínez, Juana Velásquez, Edid Torres y Susana Islas, MCHS, en el convento de su orden en Fort Worth.
Ante el creciente número de hispanos católicos en la Diócesis, dos comunidades pequeñas de religiosas, movidas por el llamado expresado en Mateo 9,35-38, “La mies es mucha, pero los trabajadores son pocos”, realizan con gran tesón su hermoso apostolado con los hispanos, demostrando así el serio compromiso de su consagración a una vida de servicio. Se trata de las comunidades de las Hermanas Misioneras Catequistas de los Corazones de Jesús y María, que tienen su Casa Madre en Tlalpan, Ciudad de México; y las Hermanas Catequistas Guadalupanas, que fueron fundadas en Coahuila, México.
Catequizan con sencillez para ‘florecer’ en la fe
“Configurarnos con los sentimientos del Corazón de Jesús, al estilo del Corazón de María y colaborar para la santificación de las familias”, ése es el carisma de las Hermanas Misioneras Catequistas de los Corazones de Jesús y María, MCSH, por sus siglas en inglés, que han estado presentes en la Diócesis de Fort Worth desde hace 75 años.
“Caminando con el pueblo entre el apostolado y la vida comunitaria,” fomentan el amor a María y al Corazón de Jesús a través de la confesión, la Comunión y la visita al Santísimo, especialmente el primer viernes del mes”, señala la Hermana Susana Islas, Coordinadora de la casa local, que alberga el convento de la Parroquia de St. Rita de Fort Worth.
Su comunidad cuenta sólo con cinco hermanas y está a cargo de la Formación de Fe y/o el Ministerio Hispano de las parroquias de St. Rita, Immaculate Heart of Mary de Fort Forth, Holy Name of Jesus de Fort Worth y St. Francis of Assisi de Grapevine.
En sus inicios, los sacerdotes las llamaban “las violetas”, añade la Hermana Susana, y narra una “olvidada” pero hermosa historia de siete violetas silvestres que “en el exacto momento de la consagración del vino” cayeron dentro del cáliz Eucarístico. Las flores habían sido colocadas cerca de la custodia, como gesto simbólico del deseo de ocho catequistas de no faltar a su devota visita al Santísimo, ya que sólo una podía asistir. Pese a que esto provocó que el sacerdote se molestara mucho, hubo personas que le dijeran “dichosas ustedes que han sido bañadas con la sangre de Cristo, Dios tiene una misión para ustedes”.
Una de esas catequistas se convertiría años después en la Madre Sofía Garduño al fundar en el 1918 las Hermanas Misioneras Catequistas de los Corazones de Jesús y María.
“La gente nos identifica por la alegría y la sencillez,” indica la Hermana Edid Torres, MCSH, que es Directora del Ministerio Hispano de la Parroquia de St. Francis of Assisi de Grapevine desde el 2019, donde se destaca el programa de catequesis de la comunidad hispana. “Yo me maravillo de la manera de cómo ellos aman a Dios”, ella añade. Las Hermanas se regocijan de la constante integración a la comunidad de habla inglesa “que nos han abierto sus brazos”.
Es menester seguir catequizando “para que conozcan a Dios y lleguen a ser santos”. La Congregación aspira también a que, en el futuro, “si es la voluntad de Dios”, crezcan como comunidad y vean ‘florecer’ las vocaciones.
‘Dos Rosas’ en el nombre de Guadalupe
Así como es extraño que San Juan Diego encontrara rosas de Castilla en el cerro del Tepeyac para presentarlas al Obispo Juan Zumárraga envueltas en su tilma, es también inusitado ver que dos hermanas de sangre sean llamadas en diferentes décadas a la misma vocación, la misma congregación y que se hallen trabajando en la misma diócesis.
Se trata de la Hermana Diana Rodríguez y la Hermana Teresa Rodríguez, quienes desde hace cinco años se esfuerzan y trabajan juntas en la Diócesis de Fort Worth para realizar su misión como Hermanas Catequistas Guadalupanas: “Amar a Jesús y a María y hacerlos amar,” destaca la Hermana Teresa Rodríguez, Directora de Formación de Fe de la Parroquia de St. Bartholomew de Fort Worth. “Estamos bajo la protección de la Virgen de Guadalupe”, agrega.
La Hermana Diana, Directora de Formación de Fe de la Parroquia de All Saints y Superiora de la delegación de Fort Worth, explica que la Congregación llegó en el 1952 al Norte de Texas “para atender a la comunidad hispana”, cuando era aún la Diócesis de Dallas. La Congregación entonces permaneció sólo en la Diócesis de Fort Worth, una vez que fuera establecida en el 1969.
Las dos hermanas nacieron en Fort Worth y fue precisamente en la Parroquia de All Saints donde, al ver a las Catequistas Guadalupanas servir “con alegría y fe”, que la Hermana Teresa decidió irse al convento a los 16 años de edad. Poco despúes de una década, la Hermana Diana se unió también a la orden fundada en el 1923 por Monseñor Jesús María Echavarría y Aguirre, tercer Obispo de Saltillo Coahuila, México.
“Aunque sólo somos dos actualmente”, asevera la Hermana Diana, su esperanza es seguir esforzándose para que la feligresía “pueda ver en nosotros la alegría que nosotros vimos en las hermanas cuando éramos pequeñas” y “si Dios provee” que nazcan vocaciones, para continuar su trabajo “con la educación religiosa, tanto para niños como para adultos.
“La doctrina no es aprenderse las oraciones de memoria, sino que encuentren el amor de Dios en sus vidas, con su familia, con sus amigos y en todo momento,” afirma.
Ambas abrazan la belleza de sentirse más hermanas en espíritu que de sangre. Su unión “más fuerte es ser hermanas en la Congregación. Yo sé que lo somos de sangre, pero aquí las dos decidimos algo todavía más superior”, la Hermana Teresa declara. Apunta además que, como la Hermana Diana es su Superiora, “la obediencia es lo importante porque es la voz de Dios quien la guía”, sin importar que su hermana sea diez años menor que ella.