El Jubileo de la Esperanza es una gracia y no un deseo

North Texas Catholic
(Feb 25, 2025) Nuestro-Pastor-Habla

Una mujer entra por las puertas de la Catedral de San Patricio en Fort Worth, que ha sido designada como sede del Jubileo. (NTC/Juan Guajardo)

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El Santo Padre ha decretado por más de 700 años que se celebre un año jubilar como un tiempo de peregrinaje a los lugares sagrados en que los Apóstoles y los primeros santos fueron martirizados para buscar la misericordia y la conversión ganadas por la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Estas ocasiones ordinarias ocurren cada 25 años y están marcadas por la apertura de la Puerta Santa de San Pedro en Roma, así como puertas similares en las Basílicas de San Pablo, Santa María la Mayor y San Juan de Letrán, para que los peregrinos acudan a estas iglesias y reciban la confesión sacramental, y oren por su propia conversión y la del mundo entero.

El Papa Francisco ha proclamado este año que, para prepararse para el bimilenario de la muerte y resurrección de Jesucristo en el 2033, la Iglesia debería centrarse y reflexionar sobre nuestra vocación de ser peregrinos de esperanza. Como escribe San Pablo en Romanos 5, 5: “La esperanza no defrauda”.

Para facilitar que muchos católicos reciban estas gracias, el Santo Padre ha proclamado que dichos lugares de peregrinación deberían estar disponibles en todas las diócesis del mundo. En la Diócesis de Fort Worth, nuestros lugares de peregrinación incluyen la Catedral de St. Patrick de Fort Worth, la Parroquia de St. Philip the Apostle de Flower Mound, la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de Fort Worth, la Parroquia de Immaculate Conception of Mary de Wichita Falls y la Parroquia de Sacred Heart de Comanche. Aprovechen estas oportunidades para orar por estas gracias espirituales.

Quisiera pedirle a todos que reflexionemos sobre esta gran virtud teologal de la esperanza que se nos da en el bautismo y que se nutre a lo largo de nuestra vida sacramental. Santo Tomás de Aquino enseñó que el motivo de la esperanza cristiana es la omnipotencia de Dios y, más específicamente, Su misericordia. La esperanza exige que confiemos en Dios, para quien todo es posible, incluso cuando observamos que el cambio en la situación actual parece imposible de lograr por nuestros propios esfuerzos. Es precisamente en nuestra impotencia donde somos más capaces de dar testimonio de la virtud de la esperanza.

La situación en nuestra frontera sur parece ser desesperada. Nuestra sociedad necesita urgentemente que actuemos fielmente como la Iglesia que Cristo quiso que fuéramos, un Pueblo de Esperanza. Ofrezco la siguiente cita que escribiera San Agustín: “La esperanza tiene dos hermosas hijas: la ira y la valentía. La ira por cómo son las cosas y la valentía para lograr que no permanezcan como están”.

Muchos de nosotros estamos enojados con razón por las injusticias ocurridas en esta confusa situación: los actos violentos perpetrados contra inocentes por pandillas que se encuentran ilegalmente en nuestro país; la violencia sufrida por migrantes obligados a abandonar sus países debido a la opresión y las amenazas a niños y ancianos; el flujo de drogas y el tráfico de personas; la abdicación de la responsabilidad de la autoridad legítima de mantener una frontera segura frente a amenazas de terrorismo; la demora del debido proceso en la adjudicación de las solicitudes de asilo político de los refugiados; y la explotación de niños no acompañados que llegan a la frontera sin supervisión, por nombrar sólo algunos.

Sin embargo, lamentablemente, muchos de nosotros nos quedamos fácilmente atrapados en la ira y descuidamos la búsqueda de la segunda hija de la esperanza, la valentía. La ira que sentimos con razón debe obligarnos, por la caridad cristiana, a trabajar para cambiar este sistema que nos ha llevado a esta miserable situación. Si tenemos esperanza, Dios nos da la valentía para reformar un sistema de inmigración que incluya el estado de derecho y el reconocimiento de nuestras responsabilidades internacionales como buen vecino para ayudar a los que son perseguidos, oprimidos y necesitan refugio. La ira sin valentía se convierte en rabia destructiva. Nunca antes ha habido un momento más oportuno para una reforma migratoria por el bien de los pobres, los vulnerables y una paz con orden. “La esperanza no defrauda”.

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