Más allá de lo académico

El candidato al diaconado Steven Bartolotta es voluntario en el área de correo de True Worth Place el 23 de mayo. (NTC/Richard Rodriguez)
Los hombres que son llamados al diaconado no se forman solamente mediante la oración y las clases que toman en las aulas; sino que también aprenden a servir dondequiera que las necesidades sean más urgentes y, a menudo, menos visibles.
“Con mucha frecuencia, los enfermos, las personas sin hogar o los confinados sienten que son invisibles, que nadie los ve”, explica el Diácono Rodney Asebedo, Director Diocesano del Programa de Formación Diaconal. “Nuestro objetivo no es sólo verlos, sino aprender a servirles y acompañarlos”.
Como parte de su formación diaconal se requiere que los hombres que sirvan un mínimo de 10 horas al mes. No obstante, desde la perspectiva práctica del ministerio, el Diácono Asebedo señala que: “Esperamos que en el interior del corazón del candidato, al servir a estas personas, esto los acerque más al rostro de Dios… que sigan acercándose a Su llamado y que los acerque más a Dios de la manera en que miran a las personas. Nuestro objetivo es que puedan ver a Dios cada día en cada persona a la que sirven, no sólo en la experiencia de la cima de la montaña”.
MÁS ALLÁ DE LAS EXPECTATIVAS
La experiencia del candidato al diaconado Steven Bartolotta de la Parroquia de Holy Redeemer de Aledo en su voluntariado en True Worth Place en Fort Worth le ha abierto los ojos al presenciar la gratitud de la comunidad. Asevera que “Uno podría pensar: ‘Vaya, vamos a encontrarnos con personas en su punto más bajo y en las circunstancias más difíciles’; y eso es cierto para algunos. Pero no lo parecería cuando los ves y convives con ellos. En realidad, ellos son quienes me levantan el ánimo”.
El candidato afirma que le ha impresionado la vitalidad de la comunidad y que ha adquirido una nueva comprensión de la dignidad humana y la humildad.
“No estamos allí predicando en la calle ni participando en debates o diálogos ecuménicos. Se trata de estar ahí para ellos para demostrarles que sí le importan a alguien, que alguien los ama; y que tal vez, hayan pasado por momentos difíciles y quizás tengan más por delante, pero seguimos siendo una sola comunidad”, señala.
Recuerda también su duda inicial antes del voluntariado, ya que le preocupaba el tiempo que requeriría y cómo iba a equilibrar el servicio con las responsabilidades de su familia y de su trabajo. Sin embargo, reflexiona que el trabajo “no es nada pesado. De hecho, es muy necesario, y para mí es como si debiera haberlo hecho antes de entrar en la formación del diaconado”.
“Es un ambiente en el que, seamos sinceros, el 95 por ciento de la gente no tiene interés en ayudar. ‘Alguien más lo hará’, es la mentalidad. Bueno, ahora ese ‘alguien más’ tengo que ser yo. Y todos nosotros tenemos que ser como una comunidad”, añade Bartolotta. “Dios nos está llamando a hacer esto, y si constantemente decimos que no, corremos el riesgo de que esa obra de Dios no se realice y que el mensaje del Evangelio no se difunda”.
LIBRES A TRAVÉS DE DIOS
El ministerio carcelario ha sido desde hace mucho tiempo parte de la vocación del Diácono Gustavo García de St. Matthew en Arlington. Incluso, antes de entrar en formación para el diaconado, ya él visitaba a los confinados. El Diácono García sigue hoy día con su compromiso y visita cada lunes la cárcel de Sanders Estes en Venus para servir espiritualmente a los confinados, excepto el primer lunes de cada mes, en que el Padre Richard Collins, capellán diocesano para el ministerio carcelario, celebra la misa y escucha confesiones.
“Como diácono en servicio, comparto el Evangelio y la Eucaristía, y trato de aconsejarles que se entreguen y dejen todo en manos de Dios, porque Él es quien, en última instancia, nos da la verdadera paz”, comparte el Diácono García. “Es decir, no sólo podemos estar encarcelados entre paredes o en nuestros cuerpos, sino también en nuestra vida espiritual”.
Ver a los confinados lo ayuda a reflexionar y a trabajar en su propia libertad interior, afirma el diácono.
Muchos de los confinados sienten que sus hermanos católicos los han olvidado a propósito, explica el Diácono García. “Sienten como si fueran desechables y como si la sociedad no los quisiera”.
Dos de los hombres en formación diaconal se han unido también a él en la pastoral carcelaria y le ayudan a dirigir los estudios bíblicos.
“Se miran los frutos de nuestro servicio”, expresa. Reflexiona sobre el caso de un confinado, de rostro muy serio, que al principio se unió al estudio sólo para poder salir de su celda. Hoy es uno de los más activos en la oración del Rosario.
“Hay varios casos así, donde podemos ver la obra del Espíritu Santo en los confinados”, añade.
ESCUCHAR MÁS QUE NADA
A casi un año de haber recibido su ordenación como diácono, el Diácono Scott Elder de la Parroquia de Our Lady of Lourdes de Mineral Wells sigue aplicando cada día las lecciones que aprendió durante su ministerio como voluntario en los hospitales.
“Mi formación me enseñó que no hace falta tener todas las respuestas para todos, sino enfocarme realmente en estar presente para las personas. Cristo está siempre presente para nosotros, en la Eucaristía y siempre a nuestro lado”, dice el Diácono Elder.
Cuando comenzó su servicio, él esperaba tener que estar siempre alerta, con una homilía lista antes de entrar a cada cuarto. “Honestamente, fue mucho más escuchar y hablar menos de lo que imaginaba. La mayoría de la gente sólo quiere que estés ahí, que los escuches y sepas en qué momento de su vida se encuentran”.
Servir a fieles de todas las edades y condiciones, ofreciéndoles amor y apoyo, es una de las lecciones más valiosas que se llevó de su tiempo como voluntario en los hospitales, y que sigue siendo hoy día fundamental en su servicio como diácono.
A veces, explica, la labor de un diácono consiste simplemente en “estar presente para las personas, hacerles saber que estás ahí para ellos, y tratar de que sepan que Dios también está presente con ellos”.